Encuentro de Imagen MMXXI: tierra y territorio

MMXXI tierra y territorio

Acerca del Encuentro de Imagen

El Encuentro de Imagen es un evento anual organizado por el Centro de Estudios Crítcos en Cultura Contemporánea de la Secretaría de Extensión y Cultura Universitaria, atendiendo la misión del centro de promover la sensibilización a través de procesos de reflexión, pensamiento crítico, debate de ideas, formación y creación en el ámbito de la cultura contemporánea. Su objetivo central es fomentar la investigación a través del trabajo con la imagen como forma de generar conocimiento, transformarlo en experiencias y contribuyendo a pensar el presente e imaginar el futuro.

Recibimos 74 propuestas de 52 artistas diferentes, provenientes de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, España, México, Romania, Tailandia y Venezuela. Es a partir de esta obras que se curó la exhibición ‘Tierra y Territorio,’ la cual nos invita a pensar en las imágenes del mundo como un dispositivo de la consciencia y un ejercicio de reflexión, pensamiento crítico, debate de ideas, formación y creación en el ámbito de la cultura contemporánea.

Les invitamos a ser parte activa de este ejercicio visual como una forma de pensar el presente e imaginar el futuro.

Guión Curatorial

Durante la segunda mitad de la década de 1960, los programas espaciales de EEUU y de la URSS trajeron de vuelta al planeta las primeras imágenes de la Tierra vista desde el espacio: desde las imágenes parciales, granuladas y grises de los primeros satélites equipados con cámaras, hasta las imágenes del disco completo y a todo color tomadas por los astronautas del programa Apollo. Por primera vez en la historia de la humanidad pudimos ver el planeta en su conjunto, con sus continentes, océanos y la delgada y turbulenta capa de gases que lo rodea.

La fotografía -que más que una forma mecánica de representación del mundo ha sido siempre un dispositivo de la consciencia- dio origen a una transformación cognitiva importante: nos permitió concebir la Tierra como un organismo, como un frágil envoltorio que contiene a la vida del vacío del espacio. Pero estas imágenes, además de impactarnos por lo que mostraban, nos transformaron también por sus silencios.

El más evidente de ellos: en la ‘canica azul’ no eran visibles las fronteras en conflicto, ni la beligerante rivalidad que era el combustible de la carrera tecnológica y espacial que estaba marcando el espíritu de la época, ni la dominancia de una sola de las especies vivas del planeta que como nunca antes en la historia había desarrollado un poder inédito de transformación del hábitat planetario como resultado del desarrollo de sus conocimientos, prácticas y tecnologías. La imagen entonces, además de evidenciar el mundo empírico como un envoltorio para la vida frente al enorme vacío del espacio, nos hizo sentir lo invisible, lo inmanente y es que además de la hidrósfera, la litósfera y la atmósfera, los seres humanos habitamos también una semiosfera: un espacio abstracto construido de signos y símbolos articulados a través de lenguajes. Por un lado entonces, las fotografías del planeta desde el espacio denotaron la Tierra como contenedora de vida; y por por otro lado, por la ausencia de su representación en el lienzo visual, connotan con vehemencia lo inmanente: los territorios y las relaciones de sentido que establecemos con el mundo.

Hablar de tierra y territorio es hablar del diálogo entre el espacio extrasemiótico del mundo y los mundos posibles que son las formas que esos espacios toman en nuestra consciencia.

El antropólogo Roger Bartra, en su ‘Antropología del Cerebro’ plantea que la consciencia humana es un fenómeno que es parcialmente externo al cerebro, que se encuentra codificada en una red simbólica de naturaleza cultural que actúa, al menos de manera análoga, como un circuito neuronal externo al sujeto. Bartra argumenta que, de la misma manera en que la humanidad requirió de desarrollar herramientas para suplir sus carencias en tanto a fuerza, velocidad o agudeza de sus sentidos; también llegó un momento en el que requirió un prótesis para su cerebro, pues ya no podía depender de su sistema de memoria interno para expandir su capacidad cognitiva. Fue entonces que tuvo que recurrir a un sistema de señales inscritas en su hábitat para orientarse en él y reconocer su experiencia en la tierra. Estas marcas debieron de haber sido hechas con herramientas y de acuerdo a un código que debía de ser a su vez transmitido y reutilizado para las sucesiva expansión cognitiva, creando así tecnologías primigenias como las lenguas naturales y el lenguaje escrito, sistemas semióticos en los que son indisociables los lenguajes y las tecnologías, los espacios interiores y exteriores de la consciencia, la plasticidad del cerebero y la cultura.

Por su parte, Yuri Lotman, quien acuño el concepto de semiósfera, definió la cultura como el conjunto de toda la información no genética, la memoria común de la humanidad o de colectivos más restringidos, nacionales y sociales. Lotman plantea que ninguno de estos sistemas son por si mismos funcionales, sino que se construyen a partir de otros sistemas y dependen de ellos para activar el sentido. Esta red global de sistemas de sentidos interdependientes es a lo que llama semiósfera y que no es dificil de asociar o entender como el exocerebro de Bartra, o al menos como el espacio semiótico donde existe la mente expandida y la consciencia. Así, la tierra, que existe en un espacio extrasemiótico en la biosfera, tiene su contraparte, o su complemento en la semiósfera: el territorio.

Hablar de tierra y territorio entonces no solamente implica pensar el mundo, sino reconocer que es a través de esta semiósfera -que es parte del mundo- que nosotros lo pensamos y por tanto es también la forma en la que el mundo se piensa, a través de nosotros.

Umberto Eco explica que el texto estético es un acto de invención que toma un continuum material, aun no segmentado por la cultura -o ignorando la segmentación previa que hace de él la cultura- y sugiere una nueva forma, crea un mundo posible, a través de un nuevo código. La creación del texto artístico, en este caso la creación de la imagen, implica la creatividad personal del autor, su espontaneidad emotiva y su enciclopedia cultural, articuladas a través de las convenciones de representación comunitarias de su contexto. Por su parte, el acto de lectura implica que la audiencia de la imagen sigan las huellas de la expresión, que proponen un mundo distinto a cualquier modelo cultural conocido y que establezca -a partir de su propia enciclopedia- una relación entre la expresión y el contenido. Esto provoca un reordenamiento del contenido y un cambio en el código. Tenemos una tierra, un mundo empírico, pero es en la invención creativa de la imagen donde se crean los nuevos mundos posibles, los nuevos territorios.

Imaginar la tierra y el territorio es darse cuenta de que pensar el mundo es parte de habitarlo, tanto como andar, respirar o beber y que es el mundo quien nos piensa, tanto como nosotros lo pensamos a él.